viernes, 13 de enero de 2017

Enero 2014

En toda ruptura de pareja hay dos versiones. Yo voy a contar la mía, que puede ser tan lícita como la de ella. Que lo juzgue otro.

Después de casi dieciséis años juntos y más de ocho de casados, he decidido poner punto final a esta locura. Es una decisión muy meditada, pues no es sólo terminar con una relación de pareja, sino que hay dos niños que padecerán las consecuencias. Pero estoy totalmente convencido de que vivir en una familia rota, sin amor y con broncas alternando con días de silencio no es sano para ningún niño.

Por supuesto que la culpa no es de alguien o de algo en concreto, pues los dos pusimos de nuestra parte para que esto no funcionara.

Fue un principio bonito como todos los principios y no creo que hubiera un día en que todo cambió, sino que se fue degradando poco a poco.

Aunque nunca la culpé por su enfermedad sí reconozco que escuchar lamentos cada día y hacer la mayoría de las tareas en casa mientras ella estaba en el sofá, me influyó mucho.

Ayudaron otras pequeñas cosas como tener sexo una vez al mes en el mejor de los casos o incluso pasar seis meses en dique seco, y cuando sonaba la flauta era un "me abro de piernas y esfuérzate porque me cuesta llegar, pero con cuidado porque me duele aquí o allí". También su frialdad, donde tal vez el motivo fuera el no ser española, pues las de la zona norte de Europa tienen la fama de ser más frías. O el que todo lo supiera y siempre llevase la razón. O que el discutir con ella era como pegarse contra una pared, pues si ella era negro y yo blanco, no servía de nada que yo llegase a un tono gris oscuro si ella seguía en su tono más negro todavía. También su envidia o incluso celos no reconocidos hacia mi familia por el cariño que nos tenemos. O que su idea de familia feliz es que un hombre no tenga otra vida que la familiar, que sea de casa al trabajo y del trabajo a casa. O su ser posesivo y asfixiante. O su manera de discutir y enfadarse sin importar quién esté delante, ya sean amigos o sus propios hijos, ya que de nada servía decirle que no era el momento, que ya hablaríamos después a solas. O su manera de exagerarlo todo, desde que un resfriado puede ser motivo de ingreso hospitalario a que un "no" a los niños se convierta en que nunca hago nada con ellos. Y por supuesto una de las cosas que me hundió totalmente fue el inmenso agujero económico en el que me encontré de repente, mucha culpa mía, por no mirar lo que me hacía firmar ni preocuparme nunca de las cuentas, pues al haber trabajado en banca le di todo el poder y toda la confianza. Deudas que conseguimos pagar gracias a un préstamo de mi madre de un dinero ahorrado como hormiguita durante toda su vida, y el cual terminaremos de devolver en 2022. También debo decir que en ningún momento se dignó ni a darle las gracias y su respuesta desde este enero ha sido hacer una cruz a todo miembro de mi familia sin ni siquiera tener la educación de un hola o un adiós.

Después de la última gran bronca en noche vieja, aguanté unos días en casa, no sé por qué, hasta que me fui de casa (o más bien debo decir que casi me echó ella). Llegamos a un acuerdo escrito, no firmado, de que le daría 450€ mensuales, que yo me iría a casa de mi madre y ella se quedaría con la casa y los niños, que yo los tendría fines de semana alternos y podría ir a verlos entre semana (cosa que fui dejando de hacer porque cada vez que me iba se quedaban llorando y yo me iba destrozado).




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